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Sálvese quien deba:
La seguridad del paciente

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José María Ruiz Ortega
  • Médico
  • Gestor sanitario
  • Máster en Gerencia de Organizaciones Sanitarias: ENS, EADA
  • Auditor Sanitario
  • Master en seguridad del paciente y gestión de riesgos sanitarios en École Centrale Paris
  • Presidente de la Asociación Española de Gestión de Riesgos Sanitarios y Seguridad del Paciente AEGRIS
  • Jefe de Servicio de Seguridad del Paciente. Subdirección General Calidad Asistencial, Seguridad y Evaluación Servicio Murciano Salud. Murcia.

Esta es mi opinión, que ni yo mismo comparto

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Me preocupa que la atención sanitaria que reciban los pacientes sea lo más segura posible; me interesa que los profesionales sanitarios trabajen en un ambiente libre de culpas, de cargas añadidas de trabajo y que hagan bien lo que saben; me gustaría que la organización sanitaria sea menos opaca y de verdad practique lo que predica: que el ciudadano es el eje del sistema de salud. Y que cuando todo se viene abajo, seamos capaces de afrontar la crisis con conocimiento y de la manera más propicia.

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SeguridadPaciente 

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Oye, igual esta entrada no tiene mucho que ver con la seguridad de los pacientes. O sí. Pero el caso es que me apetece escribirla a la vez que recordar la figura de mi padre, médico humanista al que debo bastante de lo que he conseguido aunque él no lo haya podido "disfrutar".
 
Tetuán, hace muchos años, sexto de bachiller. Entonces quería cursar una licenciatura de matemáticas. Mi padre era hombre parco en palabras a la par que prolijo en gestos, símbolos, significativos silencios.
 

 

 Mis dos hermanos mayores estudiaban ya medicina en Granada. 
 
- Toma hijo, igual este libro te gusta. Léelo y lo comentamos.
 
Me entrega un libro "ya usado" titulado "cuerpos y almas". Su autor un escritor francés M. Van der Meersch. Su breve sinopsis: un joven médico francés comienza a ejercer en la década de 1930. Ha roto con su padre, prestigioso clínico, al casarse con una joven pobre y enferma de tuberculosis a la que había tratado como paciente, en lugar de pactar un matrimonio ventajoso. Debido a esto tiene serios problemas para abrirse paso en el mundo profesional y, aunque está satisfecho de su elección y de trabajar entre gente pobre, el precio a pagar es duro en términos económicos (gana poco) y de prestigio (es denostado entre los compañeros). 
 
La obra, Gran Premio de la Academia Francesa en 1943, año de su publicación, es la más conocida y traducida del autor (1907-1951). Y sin embargo ha tenido escasa resonancia pese a tratarse de uno de los mayores ejemplos de la corriente naturalista francesa de la primera mitad del siglo XX. 
 
 
 
El autor con una escritura lastimosa recorre con maestría la rudeza y brusquedad de las intervenciones quirúrgicas, que le da pie para establecer un acertado paralelismo con las desalmadas reacciones de los protagonistas médicos que, en ocasiones, llega a definir como a criminales. Al principio de la novela, uno (bachiller entonces) se enfrenta a una escena grotesca entre estudiantes en una clase de anatomía, en la sala de disección,  arrojándose, como broma, un “hueso al que estaban adheridos jirones de carne humana” y la sórdida descripción de una de esas disecciones:
 
"Cogió el escalpelo y se acercó a un cadáver desmenuzado ya en sus tres cuartas partes, tendido delante de él sobre un mesa de mármol. Todos los músculos habían sido disecados. Aquello no era más un montón de carne vinosa con grandes huesos amarillentos ensartados con largas y blancas hebras fibrosas, parecidas a cordeles. Tillery, con gran minuciosidad, acababa de poner al desnudo los tendones del antebrazo y arrancaba pequeños trozos de carne medio putrefacta con los cuales hacía una bola y los tiraba, como un carnicero, en un cubo que tenía debajo de la mesa. También los otros habían reanudado su disección y, con el cigarrillo en los labios, hacían bromas subidas de tono y soltaban palabras asaz obscenas. Reacción instintiva de una juventud bruitalmente sumergida en la dura verdad de la condición humana y en los cuales la grosería y el sacrílego desparpajo no revelan sin duda más que un desesperado afán de curtirse a toda costa el corazón. Seteuil tenía entre manos un pedazo de carne que llevaba aún adheridos la epidermis y el pelo. Escarbaba en el interior y lo volvía de un lado y de otro."
 
 En el libro se describen amigdalectomías e intervenciones de pólipos en cirugía infantil, todas muy sangrantes, sin anestesia por falta de medios; se relatan interrupciones de embarazos y cesáreas que terminan convirtiéndose en escenas más propias de mataderos efectuadas por profesionales no preparados o deteriorados físicamente y no aptos para esas actuaciones; se prescriben recetas de fármacos por motivos comerciales de manera irresponsable (esto me resulta familiar!). 
 
En otras ocasiones aparecen en la novela doctores que escapan por las ventanas cuando un evento adverso grave y evitable ha ocurrido (inesperada muerte del paciente por imprudencia), pero no sin que antes hubiesen cobrado los emolumentos por su trabajo o la magistral descripción de escenas en las que se engañaba a familiares de pacientes fallecidos por malpraxis simulando que los cuerpos estaban durmiendo para evitar la certidumbre de que habían muerto durante la intervención.
 
Estas muertes entonces, pero ahora casi en la misma medida, resultaban una lacra para la carrera profesional del facultativo y no existían escrúpulos para tratar de sortear esa indeseada situación de disminución de la reputación. Escasez o inexistencia de recursos pero sobre todo una completa ausencia de humanismo es una constante en la novela que se desarrolla en un ambiente muy sórdido y decadente.
 
 Un libro sobre el mundo médico en Francia de mediados del siglo XX, pero sobre todo, una historia contada desde diferentes puntos de vista de la dureza de la práctica médica de una época determinada. 
 
Llama la atención observar cómo, de todos los personajes, sólo dos poseen verdadera vocación, investigan y estudian, coartando un desarrollo adecuado de sus carreras y hasta sus vidas personales. Estos médicos vocacionales subsistían con subvenciones y salarios ínfimos, condenados al ostracismo por parte del resto de sus colegas, que no lograban entender que de todos los caminos posibles en la medicina (ser profesores de universidad, abrir consultas privadas o dedicarse a la política) hubiesen elegido el camino del esfuerzo, del sufrimiento, de la humildad y la miseria.
 
Uno de los debates éticos más importantes que nos acerca la novela es el de la elección entre el poder y la influencia u optar por una existencia humilde pero digna, en la que se mantiene la integridad profesional. Doutreval encarna al médico escrupuloso y aséptico, que cree que en medicina “el fin justifica los medios”, si esto significa salvar a una mayor cantidad de personas. Sin embargo, también asistimos a otros personajes en el que los intereses y vanidad personal son preferentes siendo estos los únicos objetivos que persiguen. 
 
Si Van der Meersch siguiese vivo se daría cuenta del fracaso de sus predicciones, pues el personaje Domberlé esperaba un futuro muy diferente para la medicina, menos basado en el alivio de los síntomas y más centrado en un cambio en los hábitos de vida. Muchísimos años más tarde, seguimos en el mismo punto, una excesiva medicalización de la vida. Domberlé curaba a sus paciente, desahuciados de otras clínicas, mediante una sana alimentación y ejercicio al aire libre y funcionaba. Cierto es que los medicamentos son útiles, nos alivian y nos curan. Pero también simbolizan el camino más fácil ante la enfermedad.
 
Impresiona ver como médicos con prestigio, como Géraudin, que pasa de ser un cirujano competente a una persona asustada por su notoriedad y el deterioro de la misma ante el paso del tiempo; como en casi cualquier profesión, la edad hace a las personas más sabias y expertas pero al mismo tiempo más vulnerables y limitadas. 
 
En resumen, pacientes y sus enfermedades constituyen fuente de ganancias o de resignación; médicos que, en su mayoría, buscan medrar y prosperar en la maraña político-directiva y de favoritismo entre los “jefes” y “residentes”. La época que se recrea de la medicina dibuja profesionales que pelean como carroñeros por el prestigio como objetivo fundamental. ¿Os suena?
 
Dos años después comencé a estudiar medicina en la facultad de Granada. 
 
Como mi memoria dista mucho de ser relevante, he releído el libro durante estos días. ¿Lo conocéis vosotros? Es muy recomendable.

 

Comentarios   

# Aurora López Llames 22-06-2014 21:51
No la conozco, pero es muy atrayente. Amigdalectomías ...:) Gracias.
# José María Ruiz Ortega 22-06-2014 22:27
Gracias Aurora. Quizás hoy en día el libro pueda resultar extraño, pero a mi me marcó. Me ha gustado releerlo. Y desde luego se describen con crudeza todas la intervenciones de laringología. Un beso
# conchy 22-06-2014 22:01
Suena bien ,tal vez no apto para estómagos delicados ,no?? pero interesante ,sabio tu padre ,una manera magistral de acercarte a tu vocación sin decir palabra
# José María Ruiz Ortega 22-06-2014 22:33
Hola Conchy. Si, mi padre era parco en palabras y de silencios muy representativos . Sólo mirarlo, ya sabías lo que esperaba de ti. Una gran persona y muy buen médico
# José María Ruiz Ortega 23-06-2014 06:59
Por cierto, mi querida hermana pequeña Mamen no debió coger ese libro aunque será de los pocos que no haya leído; fue más inteligente que sus tres mayores y estudió filología inglesa. Bien hecho.
# Mamen 23-06-2014 07:30
Quizás no tuve acceso a él porque no lo devolvístes. ¿Casualidad o premeditación?
# José María Ruiz Ortega 23-06-2014 07:33
Incertidumbre, riesgo, siempre casualidad. La vida es puro azar manipulado
# Rocío 24-06-2014 09:29
Papá estás sembrao!! :)
# Jose María Ruiz Ortega 24-06-2014 11:09
Hija, ese es el mejor comentario que he leído en mi vida. Gracias
# edito falco 11-07-2014 16:25
cuanto me alegro que este libro sea recordado..teng o un viejisimo ejemplar y por lo que se no se ha reeditado,,me impresionaban sobre todo las referencias al electroshock en aquellos tiempos un gran libro que junto a La ciudadela me acompañaron en los años previos al ingresoa la facultad
recuerdo con pena la ingenuidad con que lo leia..me parecia que ninguno de nuestros profesores tenia nada en comun con las ambiciones e intrigas de los franceses...

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